"... Ver la vida con los ojos de la inteligencia del corazón..."
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2019/03/04
2019/01/27
EGIN ZAIDAZU BISITA
"...Together we can live...
...Podemos compartir el dolor por partir...
IRRIA DUGU HERRI
...da la iluzia nu la frică...
...questo é la mia cittá...
...Kaleari kale egin beharrean
egin kaleari auzo..."
PASCAL BRUCKNER - PEDRO VALLÍN
España, una pesadilla de Pascal Bruckner
La disputa del sufrimiento se ha convertido en la principal lucha de poder, de uno a otro extremo del arco político: de los hombres ‘perseguidos’ por el feminismo a los ‘exiliados’ del Procés pasando por los ’secuestrados’ por una huelga o los cómicos y periodistas que sufren ’linchamientos’ digitales, todos quieren cimentar su legitimidad pertrechados en la autoridad moral de la víctima. Bienvenidos a la dictadura de las plañideras
PEDRO VALLÍN, MADRID
27/01/2019 00:05 | Actualizado a 27/01/2019 12:27
La tentación de la inocencia (1995) es un ensayo del filósofo francés Pascal Bruckner que causó bastante revuelo en su momento y que se alzó con el premio Medicis de ensayo de ese año. Editado en España en la colección Argumentos de Anagrama, el libro es un alegato contra la infantilización de las sociedades finiseculares y un encomio de la responsabilidad de los ciudadanos adultos sobre su propio devenir, así que en buena medida se entendió como una proclama de cortada neoliberal además de un reproche contra la generación X, la primera acusada de estar poseída por el complejo de Peter Pan. Bruckner, sin embargo, reivindica la condición adulta del ciudadano como condición de posibilidad de las democracias plenas frente a las puramente formales. Tampoco gustó entre la comunidad judía, porque denunciaba el abuso de la condición de víctima de las sociedades contemporáneas (el libro aborda la guerra de Yugoslavia y sus vínculos sentimentales con el Holocausto), usada como autoridad moral de libre disposición. Es decir, el sufrimiento como coartada para el abuso. En suma, Bruckner previene de un Occidente de ciudadanos y sociedades victimizados, infantilizados, que derivan la responsabilidad de cuanto ocurre a otros, que reclama constante atención para sus padeceres, fingidos o reales pero siempre sobreactuados, y por tanto, que compite por el mayor de los sufrimientos, es decir, por la mayor acumulación de razón moral. Por la mayor acumulación de poder.
Casi un cuarto siglo después, España es una auténtica pesadilla bruckneriana. Un repaso somero a la actualidad y sus argumentos nos revela que estamos sumidos en una sociedad política del llanto. La lágrima es el verdadero Trono de Hierro. El piscinazo neymariano, por explicarlo en términos futbolísticos, es el modus operandi de la vida pública española. Políticos, periodistas, intelectuales, artistas y agentes sociales, todos gesticulan dolores reales o fingidos ante el árbitro de la opinión pública buscando la aristocracia del pathos, por decirlo de forma pedante.
“La sed de persecución es un deseo perverso de ser distinguido y salir del anonimato. El certificado de maldición. El sufrimiento equivale a un bautizo, a una elevación, al reconocimiento público” (Pascal Bruckner)
Por ejemplo: El independentismo catalán tensa estos días sus costuras con la fundación de La Crida y el arranque del juicio por el 1-O, que tiene bloqueada la situación política. Por una parte, ni ERC ni PDECat se atreven a sentarse a negociar los presupuestos, obligados por una suerte de vigilia solidaria por los presos, es decir, un acto de recogimiento litúrgico con dos evidentes propósitos: en primer lugar, no ser acusados de traicionar a los miembros de un Govern que se inmolaron desafiando la legalidad en vigor y rentabilizando ese sufrimiento en forma de apoyo electoral. En segundo lugar, una suerte de competición en el sufrimiento ha germinado dentro de la pugna insomne entre los republicanos y los exconvergentes por la hegemonía política en Catalunya: el juicio del 1-O otorga el protagonismo sacrificial a Oriol Junqueras, mártir del rigorismo (por decirlo suavemente) carcelario y penal del Tribunal Supremo, razón que explica en buena medida la nerviosa hiperactividad política de Carles Puigdemont durante las últimas semanas, incluida esa inopinada denuncia que ha puesto contra sus socios del Parlament ante el Constitucional y el énfasis por la creación de un nuevo artefacto político, La Crida, cuyo corte personalista impediría que sus padecimientos de destierro queden en un segundo plano, frente a la entrega voluntaria al tormento judicial de los que sí acudieron por su propio pie a declarar ante los jueces, haciéndose responsables de sus actos políticos. Habiendo huido de la justicia, Puigdemont quedará durante el juicio desplazado del foco, suspendido en órbita geoestacionaria fuera de la atmósfera emocional catalana, y zarandeando la represión del 1-O como coartada de agravio.
“Hay un orgullo en la forma de celebrar las derrotas pasadas. Como si Dios hubiera escogido a este pueblo entre todos para ponerlo a prueba y la debacle terrenal fuera garantía de victoria celestial”. (Pascal Bruckner)
Tampoco es ningún secreto que los más conspicuos políticos de ERC y del PDECat (con excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, y sobran varios), en cuanto se alejan los micrófonos y las cámaras, confiesan sin ambages que lo adecuado, lo inteligente y el mal menor para Catalunya tras el gatillazo de 2017 es sentarse a hacer política, acabar con el bloqueo, negociar si se puede los presupuestos y sostener en lo posible a la mayoría que metió a Pedro Sánchez en la Moncloa, antes de que la reacción nacional-católica toque poder. Pero en ambas formaciones temen que la Catalunya sentimental, dolosa –y por tanto, en aplicación de la tesis de Bruckner, infantilizada–, la que vela en amarillo por presos y huidos y se convierte en horda digital en cuanto algún líder independentista propone aterrizar en la realidad, los considere traidores a la causa. Y así están las cosas.
Pero esta sentimentalización no es ni mucho menos un atributo exclusivo o un pecado idiosincrático del independentismo catalán. Bien al contrario, es el rasgo principal de los tiempos por estos lares. La politización del dolor, en su vertiente más obscena, arranca en el cambio de siglo, cuando el entonces plenipotenciario PP de José María Aznar idea una novísima forma de enfrentarse a su némesis, el PSOE: cooptar a las asociaciones de víctimas de ETA y patrimonializar la sangre derramada. Esta estrategia exhibió sus vergüenzas tras los atentados del 11M, cuando los conservadores evidenciaron que había víctimas políticamente convenientes y otras, incómodas. De paso, quedó clara una obviedad que parece un anatema: que el terrorismo es política. Por eso no daba igual, ni mucho menos, que los muertos fueran víctimas del yihadismo que del separatismo vasco.
Desde entonces, ese nacionalismo español creciente y doliente, que explota exuberante tras el desafío independentista catalán, constituido bajo el epígrafe “constitucionalismo”, se ha ido esforzando en crear distintas victimizaciones. Una de las más rutilantes fabricaciones, germinada en la Telemadrid de Esperanza Aguirre y luego de próspera vida, fue el apartheid idiomático que supuestamente padecía la mitad de la población catalana a causa de la política de inmersión lingüística. En las escuelas o en la rotulación de los comercios, resulta que se aplicaba poco menos que una política de pogromos contra los castellanoparlantes. Así, la españolidad victimizada encontraba un vehículo.
“Un pueblo entero se zambulle en la creencia de que está condenado al sufrimiento y saca, no solo una dignidad aristocrática, sino la certeza de que todo le está permitido porque todo se le debe” (Pascal Bruckner)
Cuando la legitimidad descansa en el padecer, las agresiones no han de cesar. De ahí las zancadillas y sabotajes que el PP protagonizó contra el proceso de paz en Euskadi impulsado desde el PSOE por José Luis Rodríguez Zapatero, político de inusual afán redentor, una pugna tan intensa y rentable que, incluso después de cesar el terrorismo y disolverse ETA, en el PP se vivió un intenso negacionismo. ETA sigue, repetían (y aún repiten) viejos pesos pesados populares, como Jaime Mayor Oreja. Sin ETA no hay dolor como vehículo de poder. Para ese cometido, conviene ensanchar los límites de lo que es ETA o el terrorismo, de modo que pueda sobrevivir a la desaparición de la banda y de sus atentados, algo que se ha expresado de forma palmaria en el juicio por la paliza a dos agentes de la Guardia Civil en Altsasu, redibujado judicialmente como un acto de terrorismo.
“El antisemitismo sobrevive a su objeto, si es necesario, judaizando a los gentiles allí donde ha desaparecido cualquier presencia judía o ésta se ha reducido a un puñado de personas” (Pascal Bruckner)
Tiene sentido si consideramos, como subraya el periodista David Remartínez, que “España es la historia de una derrota: el nacionalismo español se basa en una superioridad sobre el vecino, nunca sobre el extranjero. Solo es victorioso el mito de la Reconquista, todo lo demás es Armada Invencible injustamente hundida. Hundida por el mal fario, ojo”. Un nacionalismo contra los hados, doliente. En el fondo, según explica Bruckner analizando el caso Serbio, el más peligroso.
Hay casos mucho más espectaculares que consisten en hacer pasar al verdugo por víctima. La brutal reacción iliberal, o de fascismo posmoderno, de la que escribía hace una semana en La Vanguardia el ex secretario de Estado José María Lassalle, ex asesor de Mariano Rajoy, revela cómo el camino para reivindicar valores vetustos exige la concurrencia de Bruckner en su expresión más obscena: “Vox defiende una democracia arcaica y antiliberal. Invoca un comunitarismo sentimental que funda en una idea absoluta de nación-Estado. Y quiere, para ello, brutalizar la política democrática. Anularla mediante el silenciamiento de la alteridad y la tolerancia, conceptos que desprecia porque debilitan la dialéctica amigo-enemigo sobre la que quiere refundar una política desnuda de complejos liberales y socialdemócratas”. ¿Cómo poner en pie semejante delirio? Efectivamente, victimizándose. Las tergiversaciones y mentiras promovidas desde este fascismo posmoderno pasan por convertir las viejas imposiciones de la dictadura en mártires de la democracia. Por ejemplo, defendiendo la Semana Santa porque, dicen sin despeinarse, está siendo amenazada. Es falso, claro, la Semana Santa fue de observancia obligada durante la dictadura nacional-católica, y hoy la única amenaza que padece es que la secularización propia de toda sociedad desarrollada la ha convertido en un exitazo folclórico con más turistas que devotos, un acontecimiento que los poderes públicos, lejos de perseguir, promueven, subvencionan y promocionan.
“Los que se pretenden los nuevos titulares de la estrella amarilla consideran el Genocidio no como el colmo de la barbarie (…) sino como la ocasión de distinguirse a través del infortunio, como la concesión potencial de una inmunidad o de una irresponsabilidad inalterables” (Pascal Brückner)
Cara a Cara en la sede de La Vanguardia entre Iñigo Errejón Galván (Madrid, 14 de diciembre de 1983) y José María Lassalle Ruiz (Santander, 23 de octubre de 1966).
Más impúdica aún es la conversión en víctima del varón blanco heterosexual, con la manipulación de los datos de violencia machista para aparentar indefensión, así como de sus proyecciones de virilidad antediluviana tales como la caza, por ejemplo, una actividad regulada pero protegida en todo el país, con regímenes más permisivos o más proteccionistas según la comunidad autónoma de que se trate. El cazador como víctima. O el torero. La paradoja (y la desfachatez) es olímpica: hombres armados que matan animales son las víctimas.
Otro tanto ocurre con la corrección política. La corrección política no es más que el modo en que las sociedades progresan legislando sin legislar sobre el sentido común de la ética en cada época. Es la evolución de los límites de la moral de una sociedad que se va dotando de un código informal de conducta que alcanza allí donde la la ley no. Mucho antes de que el gobierno regulara los matrimonios homosexuales dejó de estar bien visto caricaturizarlos. Si el humor es una forma de control y reprobación social, que lo es, de ahí el éxito de los chistes de maricas en las sociedades judeocristianas, este mutó mucho antes de que la ley institucionalizara en matrimonio la libertad sexual.
Los comportamientos, juicios o humoradas que no gustan porque colisionan con ese ente difuso de normas consuetudinarias que es la corrección política reciben el reproche social, pero muy a menudo no se ejerce desde la exigencia de respeto, sino desde la condición autorizada del ofendido, una versión de la víctima moral. Parece como si uno no pudiera reprochar una conducta sin antes haberse ungido de la condecoración y la autoridad de la víctima. La paradoja es que, como en un teatrillo de futbolistas que se encaran y ambos fingen haber sido golpeados, desplomándose simultáneamente, en perfecta simetría con la victimización del ofendido aparecen los clamores del ofensor, que se reclama víctima de un linchamiento moral y digital. Los españoles dolientes son víctimas del humor de Dani Mateo y este es víctima recíproca de un juez ofendidito. Remartínez postula que “en un país infantil, las redes sirven de satisfacción vicaria. Para llorar, protestar y atizar con la otra mano escondida. En un país harto, como vimos en la primavera árabe, las redes articulan. Y en uno maduro, comunican”.
Adivinen cuál somos cuando aquí se han escrito libros enteros en primera persona del singular con el único cometido de enseñar sin pudor las cicatrices reputacionales de quien ha sido reprobado en las redes sociales, y reivindicar así el dolo moral (es decir, la dignidad aristocrática). Sin señalar con el dedo, que está feo, la promoción de algún ensayo político reciente se ha basado, con notable éxito, en denunciar, día sí, día también, la “agresión” que suponía que nombres relevantes escribieran desautorizando sus tesis.
“En el fragmento 113 de Aurora, Nietzsche pone de manifiesto, en la tortura del asceta, «una secreta voluntad de esclavizar», un deseo de distinguirse para mejor subyugar al prójimo. Discierne además en la afición cristiana a la mortificación, a hacerse daño, «una voluptuosidad del poder», «el amplio campo de excesos psíquicos a los que se ha entregado el deseo de poder»”. (Pascal Bruckner)
La lista puede ser todo lo larga que quieran: la última crisis de Podemos arranca de la victimización de quien deserta porque sus planes y su inteligencia han sido despreciados, aunque nunca fueron expuestos en los órganos del partido y por tanto nunca fueron rechazados porque no fueron conocidos. Y consecuentemente, esa jugarreta es respondida por una ejecutiva que se reclama víctima de una traición sin paliativos. El debate que se promueve es quien es la justa víctima, Íñigo Errejón o Pablo Iglesias. Todo el dilema es escoger cuál es el dolor legítimo.
Íñigo Errejón, durante la rueda de prensa en la que anuncia al grupo de Unidos Podemos en el Congreso que abandona el escaño.
A lo largo de la intensa vida interna de la aún joven formación, la victimización ha sido una constante, de modo que cabe sospechar que algo de generacional hay en ello. El propio Íñigo Errejón, un especialista, se presentó hace dos años como víctima de un ajusticiamiento digital por parte de sus compañeros (una cicatriz de la que presumía esta Nochebuena al cumplirse los dos años), inmediatamente después de haber cargado ferozmente contra un secretario general, Ramón Espinar, por cambiar a la ejecutiva regional tras ganar las primarias. Y en el rol desafiante que el partido ha desempeñado en estos años, ha estado presente su condición de víctima del stablishment económico, político y mediático, pilar central de la construcción de su identidad y de su autoridad política, como complemento indispensable de su carácter de ofensiva impugnadora. Del partido político que Manuela Carmena extrae de su vulnerabilidad de anciana no hace falta explicar mucho.
“De todos los papeles posibles, el individuo contemporáneo tiende a retener uno solo: el del bebé quejumbroso, calamitoso y gruñón. Pero no se juega al niño llorón impunemente. Hay que pagar un precio por la representación del maltratado, y ese precio es la disminución de la vitalidad, la extenuación de nuestras fuerzas, el regreso al estado de indigencia voluntaria”. (Pascal Bruckner)
En el Congreso, donde hemos oído al portavoz de ERC, Joan Tardà repetir literalmente “nosotros somos las víctimas”, el pasado diciembre los republicanos se enzarzaron en una competición victimista con Ciudadanos. Los primeros son víctimas de una agresión constante, el epíteto de “golpistas” que continuamente les lanzan, y los segundos, a su vez, padecen un golpe de estado posmoderno y a unos republicanos que los llaman “fascistas”. La presidenta de la Cámara, Ana Pastor, se pasa los plenos teniendo que conceder turnos extra “por alusiones”. Todos se sienten aludidos, ultrajados. Víctimas. La derecha parlamentaria es víctima de un conciliábulo de antiespañoles (“chavistas, etarras y golpistas”, según el bautismo victimista, al que solo le faltan los masones) que ha echado a Mariano Rajoy de la Moncloa, mientras que la acción del actual Gobierno se siente víctima del bloqueo legislativo impuesto por la derecha en la Mesa del Congreso.
“El mercado de la víctima está abierto a cualquiera, siempre y cuando pueda lucir una buena desolladura y el sueño supremo consiste en convertirse en mártir sin haber sufrido nunca más desgracia que la de haber nacido. En nuestras latitudes el individuo se concibe a sí mismo por sustracción: quitando los poderes, las iglesias, las autoridades y las tradiciones hasta quedar reducido a ese soporte minúsculo, el Yo, independiente de todos y de todo, aislado, aligerado pero también infinitamente vulnerable. Solo frente al poder del Estado, frente a ese gran Otro que es la sociedad, inquietante, inmensa, incomprensible, se asusta de verse reducido a sí mismo. Sólo le queda entonces un recurso: rehacer su sentido a partir de sus heridas, que amplifica, que engrandece con la esperanza de que le confieran una cierta dimensión y de que por fin se ocupen de él”. (Pascal Bruckner)
Da igual dónde mire uno. La sentimentalidad televisiva del mes ha caminado al lado de unos padres cuyo hijo sufrió un accidente mortal, y todo el país velo dolorosamente a la boca del pozo. En nombre del niño atrapado se ha pedido el voto para el PP, y lo ha hecho Juan José Cortés, un político cuyo único mérito conocido es hacerse famoso por haber perdido a su hija en un trágico crimen. En respuesta a este fichaje de dolor por parte del PP, Vox ha ganado para su causa al padre de Marta del Castillo, otra víctima de un salvaje asesinato. ¿Sus credenciales? Esas, es una víctima. No resulta extraño cuando uno de los cofundadores del partido es José Antonio Ortega Lara, ex funcionario de prisiones y víctima del más largo secuestro perpetrado por ETA. Mientras, las informaciones sobre el conflicto del sector del taxi se enfocan desde las víctimas de la huelga. Ni qué decir tiene que a su vez los taxistas son víctimas del neoliberalismo uberizado, y las aplicaciones tecnológicas de transporte, víctimas de la resistencia al progreso.
Esgrimía Lassalle en su pieza de la semana pasada que la democracia liberal requiere respeto por lo diverso, tolerancia y confortabilidad en sociedades formadas por gente que parece diferente, que piensa de forma diferente y que vive de forma diferente. “Éramos una democracia adolescente, y ahora nos negamos a crecer, como Peter Pan”, sopesa Remartínez. Es pues una exigencia de madurez civilizatoria dejar de vivir los mínimos inconvenientes como padecimientos. Por eso la competición por el martirio no solo es una anomalía sino un signo de degradación, de decadencia y de falta de autoestima como sociedad:
“La compasión se transforma en una variante del desprecio a partir del momento en que por sí sola conforma nuestra relación con los demás excluyendo otros sentimientos como el respeto, la admiración o la alegría. Resulta más fácil simpatizar en abstracto con gente infeliz –forma elegante de apartarlos–, puesto que simpatizar con la gente feliz requiere una disposición de ánimo más abierta, ya que nos obliga a luchar contra el obstáculo que representa la envidia. Convertir la compasión en el valor cardinal de la ciudad significa destruir la posibilidad de un mundo en el que los hombres podrían hablarse y reconocerse como personas libres. Tanto lo humanitario como la caridad buscan únicamente individuos afligidos, es decir seres dependientes; por el contrario, la política exige interlocutores, es decir seres autónomos. Una cosa produce seres asistidos, la otra requiere seres responsables. Por eso hay tantos individuos o pueblos en situación difícil que se resisten a dejarse tratar como víctimas; rechazan nuestra piedad que los humilla y prefieren salvaguardar su dignidad mediante la sublevación o la lucha antes que ser meros juguetes de la misericordia universal”. (Pascal Bruckner)
La democracia, pues, exige y apunta a la presencia de ánimo, a la entereza y a una cierta dosis de felicidad, y es incapaz de cimentarse sobre una infeliz muchedumbre de individuos gemebundos. Y eso es una buena noticia. Sonrían.
2018/10/03
2018/04/03
EL FARO DEL SILENCIO

"... Una de esas personas que han nacido para sentirse mártires, para quejarse continuamente de la vida les ha tocado vivir sin hacer nada real para cambiarla..."
"...Essaouira..."
2018/02/25
LA MOVIDA VISTA POR LOS JINCHOS
Palabras más que leídas, escuchadas, miradas, contactadas. "The travellers" que aún creyendo no viajar, lo hacen y se encuentran una vez más el uno al otro esta vez en Malasaña.
2017/10/28
2017/08/10
2017/06/26
2017/05/14
VANESSA CARRASCO
«Mi cuerpo empezó a quemarse por dentro y por fuera, me moría y nadie sabía qué me pasaba»
Vanesa reconoce que para superar el calvario que vivió hace falta «una fuerza que ni yo pensaba que tenía».
Esta joven de Errenteria se lo jugó todo a un fármaco sin garantías para sobrevivir a una enfermedad rara.
Vanesa Carrasco sufrió un brote que le llevó a permanecer ingresada 49 días. Aún hoy sigue luchando contra las secuelas.
Vía diariovasco.com - noticia aquí
«De pronto me quedé ciega. No podía hablar y me costaba mucho respirar. Me estaba quemando por dentro y por fuera». La historia de Vanesa Carrasco es de esas que superan ampliamente la ficción. No solo por la concatenación de desgracias, sino sobre todo por la entereza y la fuerza con la que ha sido y sigue siendo capaz de superar cada una de ellas.
Esta joven de Errenteria nació con espina bífida meningocele. Esto le provoca problemas de riñones y va perdiendo sensibilidad en las extremidades inferiores. Aunque puede ponerse de pie, cada vez le resulta más complicado. La suya es la versión grave de una enfermedad degenerativa que le hizo a los once años empezar a utilizar muletas. Un año después, una operación que no obtuvo buenos resultados le dejó en silla de ruedas, un estado al que iba a llegar de todas formas, pero no tan temprano.
Vanesa se volcó en el deporte adaptado, concretamente en la natación, y cursó trabajo social. Pero en 2012 le diagnosticaron lupus eritematoso sistémico, una enfermedad que hace que el sistema inmunitario ataque a las células y tejidos sanos, lo que unido a las dolencias propias de la espina bífida, su afección a los órganos se agravaba. «Esto me hace estar cansada, tener fatiga, tener fiebre muchos días, artritis, que se me caiga el pelo, ser fotosensible...». Esta enfermedad crónica le obligó a estar durante 2012 y 2013 en una «montaña rusa» de ingresos y recuperaciones con una media de cinco visitas a Urgencias por año. Una vez equilibrada, con la correspondiente medicación, consiguió mantener cierta calidad de vida, «aunque siempre con mucha precaución, porque nunca sabes cuándo te puede llegar un nuevo brote», expone.
Brote sin diagnóstico
Sin embargo, si algo ha aprendido esta joven de 28 años es a leer las advertencias de su propio cuerpo. Era julio de 2015 y Errenteria estaba inmersa en la celebración de las Magdalenas. Días de mucho calor, de dormir menos de lo habitual y comer de forma desordenada. A priori nada del otro mundo durante las fiestas. Pero una noche, Vanesa empezó a encontrarse mal. Le subió la fiebre, un plomizo cansancio se apoderó de ella y se le quitaron las ganas de comer. «Mi cuerpo me estaba advirtiendo de que venía otro brote», relata. Pero dos días seguidos con una fiebre superior a los 40 grados y una dificultad al respirar poco habitual le hicieron dudar de que fuera lupus.
Esa misma noche empezó el calvario. Dormía junto a su madre «porque me encontraba muy mal» y a las cinco de la mañana «empecé a notar un ardor tremendo en los ojos. Le dije a mi madre que encendiera la luz y de repente lo veía todo blanco. Esa sensación no la había tenido nunca y estaba segura de que no era lupus. Fue un momento horrible que no se me olvidará en la vida», asevera con la misma seguridad con la que lo pensó dos años atrás.
Una ambulancia le trasladó rápidamente a Urgencias del Hospital Donostia y en menos de una hora estaba ingresada en la UCI. No sabían qué le estaba ocurriendo, pero era incapaz de ver, de hablar, de respirar y su piel y tejido interior era víctima de una reacción similar a una quemadura. Primero fue poniéndose de un color oscuro, pasó a ennegrecerse, después salieron las ampollas y por último, el 90% del interior y exterior de su cuerpo se quedó en carne viva. «Me vendaron de arriba a abajo. Solo tenía los ojos y parte de la boca destapados. Me iba. Y no sabían qué medicamento proporcionarme para frenarlo». Recuerda que un día le entró un momento de histeria, de pánico, en el que intentó arrancarse la vía y marcharse de allí. Pero no pudo.
Al cabo de una semana, los médicos decidieron trasladarle a la Unidad de Quemados del Hospital de Cruces en Bilbao. Salió en helicóptero desde el parque de Bomberos de San Sebastián. «No podía ver ni hablar y a duras penas respirar. Estaba vendada entera y solo oía el ruido del helicóptero que era todavía más intenso al no poder ponerme los cascos por tener las orejas en carne viva. Durante el trayecto solo pensaba 'aguanta que es media hora'».
En Cruces permaneció quince días ingresada en la UCI. No tuvo los momentos de pavor de los días previos, «pero lloraba a diario» y fue uno de los momentos más duros. «Estaba sola 23 horas al día, sin ver ni hablar. Coger aire dolía. No sabía qué día ni qué hora era; estaba alejada de los míos; vendada de pies a cabeza; se me había caído el pelo y las uñas, y lo peor de todo, no sabía por qué estaba ahí, qué me ocurría, si saldría de allí y en caso de salir, cómo terminaría todo aquello. Fue horrible».
Las únicas partes de su cuerpo que no llegaron a 'quemarse' fueron el cerebro y el corazón. Cada 48 horas le advertían de que su vida corría peligró y que dada la gravedad de las heridas difícilmente superaría las próximas 48. Pero, frente a todo pronóstico, Vanesa conseguía superar cada barrera. «Todas las mañanas me repetía: Un día nuevo para luchar. Y por la noche: Venga, un día menos».
A las 8 de la mañana, un fisioterapeuta le obligaba a hacer ejercicios para aprender de nuevo a mover los brazos, piernas y a respirar porque solo el hecho de coger aire era como si le arañaran las vías aéreas. «A diario me tenían que cambiar el vendaje y limpiar las heridas. En teoría no podían tocarme, cualquier roce era un dolor horrible y me ponía a chillar, pero era la única manera de hacerme las curas», recuerda.
La joven errenteriarra insiste en que solo pensaba en que «tenía que salir de allí», pero reconoce que para superar el total de 23 ingresada en la UCI -entre su estancia en Donostia y Bilbao- «necesitas tener una fuerza que siendo sincera ni yo sabía que tenía».
Para sobrellevar los días pedía que le encendieran la tele, aunque al mismo tiempo le enfurecía porque le recordaba su ceguera. Las horas pasaban lentas y los días se hacían eternos. Se entretenía memorizando los botones del mando a distancia y cuando éste se le perdía, se arrancaba los electrodos para que le hicieran caso. «Aquello empezaba a sonar que parecía que me estaba muriendo y aparecía en la habitación medio hospital. Ahora lo recuerdo como una anécdota graciosa pero, en esos momentos, que me localizaran un mando a distancia me daba la vida», apunta al tiempo que confiesa que le entristecía pensar si su vida iba a pasar a convertirse en una dependencia absoluta de terceras personas.
La decisión más difícil
La «barra libre de morfina» en el hospital de Cruces le fue de gran ayuda para aguantar el dolor que tenía por todo el cuerpo y asegura que no le resultó complicado desprenderse de ella, aunque recuerda una notable diferencia entre el tipo de sustancia administrada en Bilbao y en Donostia, «donde me provocaba una sensación horrorosa».
Este analgésico ayudaba, pero su estado empeoraba, no iba a poder aguantar más y había que tomar una decisión. «Un día apareció mi madre llorando en la habitación con tres batas blancas, como digo yo, que eran el jefe, el jefazo y el súper jefazo». Le indicaron que había un antídoto que desconocían la reacción que podría causar en ella, pero que creían que podría revertir la situación. Eso sí, bajo su responsabilidad. «Si seguía tal cual, ya sabía lo que me deparaba y esa era la única posibilidad que tenía de salir. Recuerdo que mi madre me dijo llorando que hiciera lo que creyera oportuno», apunta.
Vanesa firmó el papel y se enfrentó a lo que considera uno de los momentos más duros de su vida. «Al fin y al cabo, mi gente ya se estaba mentalizando de lo que me podía pasar y este era el único 1% de posibilidad que tenía de vivir».
En la misma postura que las últimas semanas y con las vendas colocadas, le inyectaron la medicación. Se quedó inmóvil a la espera de que algo le sucediera, sin saber exactamente qué. Solo esperaba a que ese antídoto hiciera algún efecto sobre ella, con el temor de que la dirección fuera la incorrecta. «¿Funcionará? ¿Me dolerá? ¿Si me pica es bueno?», se preguntaba para sí misma con congoja. Como por arte de magia, su piel empezó a regenerarse al cabo de los días. «Solo espero que pueda servir a otras personas y no tengan que pasar por lo que yo pasé», confía.
A finales de agosto, le trasladaron de nuevo al Hospital Donostia donde permaneció 26 días en planta en la Unidad de Infecciosos. Ahí veía su vida a salvo pero se enfrentaba a otro muro. «¿Voy a vivir en silla de ruedas y ahora además ciega?». Al cabo de los días empezó a recuperar parcialmente la visión «y lo primero que hice fue pesarme y mirarme al espejo, lo que también fue duro porque no me reconocía y me impresionó mucho verme así», dice señalando que en la Unidad de Quemados de Cruces no hay espejos y que incluso prohíben a las visitas entrar con móviles.
Después de infinidad de pruebas y 35 días desde que acudiera a Urgencias por primera vez consiguieron dar con un diagnóstico: el síndrome de Lyell, una enfermedad rara que suele afectar al 30% del cuerpo, pero que en su caso las quemaduras del tejido interno y de la piel se extendieron hasta el 90%.
Al cabo de 49 días le dieron el alta, con la incertidumbre de qué le provocó la enfermedad y cómo prevenirlo, por lo que no descartan que le pueda volver a suceder. Le advirtieron de que el proceso de recuperación sería duro y dos años después sigue comprobándolo.
La piel se le ha regenerado pero le han quedado secuelas. «No puedo comer ciertos alimentos porque me duele. Mis órganos y el tejido del interior están llenos de cicatrices y eso hace, por ejemplo, que no pueda comer alimentos como galletas, carnes rebozadas o picante porque me suelen salir llagas en la lengua, que también se quedó en carne viva. Hay días que el agua me quema. Me he quedado ciega completamente del ojo izquierdo y tengo que estar pendiente de que no le ocurra lo mismo al derecho», enumera.
Cuando regresó a casa del hospital «se me vino todo encima». Tuvo que memorizar su ropa del armario y enfrentarse a que el simple hecho de poner un café podía terminar con la taza en el suelo. «Estoy en un aprendizaje continuo». Y no solo ella, también la gente que le rodea. «Intentan ayudarme pero sé que es difícil porque no es una situación sencilla de entender», confiesa.
En breve encarará una nueva etapa en su vida. Acudirá a la ONCE para recibir asesoramiento «y a tirar para adelante». «Venga lo que venga estoy segura de que no será peor de lo que ya he pasado», concluye con optimismo.
2017/05/08
2017/02/03
2017/01/29
2016/11/23
2016/10/14
2015/11/24
2015/03/24
A JUAN GÓMEZ
Estimado Juan Gómez:
Mi nombre es Andoni, y soy de Oiartzun, un pueblecito a unos 10 kilómetros de Donostia-San Sebastián. Le puede resultar raro que le escriba, y lo entiendo, lo cierto es que a mí también me resulta extraño escribirle.
Verá, soy profesor, y hace poco les comentaba a mis alumnos lo importante que es y como influimos en los demás y a su vez como influyen los demás en nosotros. Por ese motivo me he decidido a localizarle y contarle como ha influido usted en mi vida.
Desde que era un niño, la Real Sociedad ha formado parte de mi vida. Me he criado con un balón entre los pies y con el txuri-urdin en mi corazón. Y su forma de jugar especialmente, me inspiró para ser como soy hoy en día. Siempre me llamó la atención su carácter, como usted solo sostenía todo el centro del campo de la Real, su espíritu de lucha y la fidelidad que demostró a nuestro equipo, a su equipo. Su último partido en Anoeta, contra el Fútbol Club Barcelona no se me olvidará nunca, un partido sin mucho en juego que acabó en empate a cero, pero en el que usted lo volvió a dar todo y se hizo el amo del centro del campo.
Por aquel entonces yo era juvenil y jugaba en el equipo de mi pueblo. Todos los niños soñaban con hacer una de esas jugadas “maradonianas” en las que driblar a medio equipo contrario para terminar metiendo gol. Yo en cambio anhelaba robar, cortar y recuperar balones como usted lo hacía, metiendo el cuerpo con fuerza, ganando la posición y siempre dándolo todo.
Como recordará, ustedes jugaron la UEFA. Vestían una segunda indumentaria preciosa, de rayas horizontales azules y azul oscuro. Yo tenía esa camiseta. He de reconocer que no me la compré con su nombre, ya que siempre he creído que la camiseta es de un equipo, no de una sola persona, pero aunque no llevaba nombre siempre sentí que esa camiseta llevaba el 4. Años después, siendo ya maestro y como ocurre cada año donde trabajo, algunos de sus compañeros vinieron al colegio a entregar unas medallas a los niños, pues celebrábamos el día de nuestra fundadora. Ese día fui con mi camiseta y ese día fue la última vez que la vi… Desapareció…
La busqué como un loco, pero no la encontré y a día de hoy la sigo buscando. Cada Navidad se la pido a Olentzero y a los Reyes Magos y aunque sé de buena fe que la han buscado también, no lo han conseguido ni con toda su magia.
Esta carta pues, tiene dos intenciones: por un lado y principalmente, agradecerle todo lo que hay de usted en mí; y por otro pedirle consejo si a usted se le ocurre alguna manera de que pueda volver a conseguir aquella camiseta que tanto significó para mí.
No sé si me contestará, o si pensará que soy un loco, pero incluso aunque así sea y no me haga ni caso, no me arrepiento de haberlo intentado ya que sin pretenderlo me ha dado una nueva alegría. Cuando estaba buscando información en Internet he visto que fundó una empresa en su ciudad natal llamada ANOETA. S.A. Me ha llenado de orgullo y no ha hecho más que confirmar la visión que ya tenía de usted ¡Es muy grande!
Reciba desde Gipuzkoa toda mi admiración y cariño. Y sobre todo, este seguro de que no le olvidamos.
2015/01/28
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